Kuala Lumpur: por qué la amé y quiero regresar

Por qué me enamoré de Kuala Lumpur: tres culturas conviviendo, sabores inesperados y una ciudad moderna que deja huella en cada rincón.

VIAJES QUE TRANSFORMANRECIENTESCIUDADES VIVIDASMIRADA ÍNTIMA

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Kuala Lumpur fue la primera ciudad que visité en Asia, o como algunos todavía le dicen, el Lejano Oriente, aunque para mí terminó siendo todo menos lejano.

Tal vez mi cariño venga de ahí: de haber sido la primera. O quizá porque fue mi primer contacto real con tres mundos que hasta entonces solo existían en libros y documentales: el malayo, el indio y el chino, conviviendo en un mismo espacio sin anularse, como si la diversidad no fuera discurso sino rutina. O tal vez simplemente porque la ciudad es hermosa. Y contradictoria. Y viva.

Llegué como quien se asoma a algo que no entiende del todo, pero quiere entender.

Aterrizé al mediodía, muerto de hambre y con la noticia reciente de que mi tarjeta había sido congelada por un retiro en Manila. En aquellos años todavía había que avisar al banco antes de viajar. Lo hice. Algo falló.

El aeropuerto no me recibió con tiendas lujosas sino con un pequeño local que parecía mercado. Detrás del cristal, unos panqueques dorados brillaban bajo la luz blanca.

El hombre que atendía me habló en un inglés quebrado. Yo respondí con el mío. Nos entendimos como pueden entenderse dos personas que no comparten idioma, pero sí hambre.

Me sirvió dos. Luego supe que se llamaban murtabak. Carne picada, huevo, cebolla, especias. Lo comí con la desconfianza del viajero primerizo y la felicidad del que descubre algo nuevo.

Cuando fui a pagar me dijo que no aceptaba tarjeta. Sentí ese vacío breve en el estómago. Luego sonrió: aceptaba “dólares mexicanos”.

Le pagué con un billete de 50 pesos. Lo pegó en la pared, junto a otros billetes del mundo, como si fuera un trofeo. Me dijo que era el primero de México.

Kuala Lumpur me dio la bienvenida así: con hospitalidad sencilla y una pared llena de historias extranjeras.

1. El aeropuerto y el primer gesto

La mañana siguiente desperté con el llamado a la oración musulmán atravesando el barrio. No era un sonido que conociera. No era una campana. No era un ruido. Era un canto.

Mientras me bañaba entendí algo muy simple: estaba lejos de casa.

En el metro, eficiente y silencioso, la gente iba recién bañada, oliendo a jabón, a perfume, a limpio. No sé por qué ese detalle se me quedó grabado. Quizá porque cuando uno viaja se vuelve exageradamente consciente de lo sensorial. O quizá porque uno compara todo sin querer.

2.El llamado

Llegué al primer lugar que quería visitar, uno que había visto en alguna fotografía y que, además, no requiere contratar un tour: está a muy poca distancia de la estación del metro y la entrada es gratuita, como ocurre con muchos sitios en la ciudad.

Cuando aparecen los primeros templos coloridos sabes que has llegado. Un poco más adelante te recibe la imponente estatua dorada de 43 metros de altura del dios Murugan, erguida frente a los 272 escalones que conducen a las cuevas.

Subí con un par de pausas estratégicas para tomar aire y beber agua, manteniendo bien apretada mi mochila, advertido de que a los monos del lugar les encanta huir con lo que no les pertenece. Llegué a la entrada sudoroso y jadeante. El clima en Kuala Lumpur es caluroso y húmedo, y cada escalón se siente.

En el interior hay templos más pequeños y altares dedicados a distintas deidades hindúes. En uno de ellos me integré a un ritual de purificación y oración, que fue sellado con la aplicación de una pasta blanca en mi frente, una tilaka.

No lo planeé. No lo entendí del todo. Pero lo viví.

3.Batu Caves: el ascenso

De ahí, nuevamente en metro y ya de regreso a la ciudad, asistí por primera vez a una mezquita: la Masjid Negara.

No es un edificio que se imponga por peso, sino por forma. La reconoces desde lejos por su techo. No es una cúpula clásica ni una pirámide estricta; es una estrella azul verdosa de pliegues triangulares que se abre en dieciséis puntas, como un origami monumental suspendido en el aire.

Caminé descalzo sobre su piso impecable hasta llegar al área de oración, delimitada por cordones para los visitantes. Una superficie alfombrada capaz de albergar hasta 15 mil personas se extendía bajo un techo altísimo del que colgaban candelabros de cristal. Durante el día casi no eran necesarios: la luz entraba generosa y filtrada a través de vitrales geométricos que dialogaban con los pliegues del techo.

No había estridencia. Había proporción.

El complejo es amplio, abierto, respirable. Un gran patio rodeado de palmeras y follaje conduce a una fuente en forma de estrella de siete picos que refresca el ambiente y parece bajar el volumen de la ciudad.

Ahí entendí que la modernidad no siempre está peleada con lo sagrado. A veces, simplemente cambia de geometría.

4.La geometría del silencio: la Masjid Negara

El Sri Mahamariamman es otra cosa.

Desde lejos impresiona su gopuram, esa torre característica de los templos hindúes que asciende en pisos escalonados, cada uno más estrecho que el anterior. Se eleva como una montaña de dioses apilados. Azules, rojos, verdes. Cientos de figuras talladas y pintadas —dioses, diosas, guardianes, demonios benévolos y animales sagrados— se superponen en un equilibrio que parece imposible y, sin embargo, se sostiene.

Maravillado, entré al templo dejando mis tenis en unos pequeños compartimentos a la entrada, con la leve sospecha de no volver a verlos. Ahí estaban cuando salí.

Dentro, el aire estaba impregnado de incienso y un aroma herbal difícil de definir. La gente se sentaba en el suelo, en devoción silenciosa, frente a las imágenes expuestas en distintos altares. Las lámparas iluminaban suavemente el espacio. Yo observaba todo con ojos curiosos y respetuosos, consciente de estar en un lugar que no me pertenecía, pero que de alguna forma me aceptaba. Era distinto a lo que estaba acostumbrado, pero igualmente bello. Igualmente espiritual.

5. La torre que desborda: Sri Mahamariamman

Caminé por Petaling Street, en pleno y bullicioso barrio chino, una calle vibrante y saturada de estímulos donde puedes encontrar casi cualquier cosa: recuerdos, ropa, electrónica y comida que humea desde los puestos bajo toldos rojos. El ruido, las voces y los aromas se mezclan sin pedir permiso.

En medio de ese movimiento entré al templo Sze Ya, el templo taoísta más antiguo de Kuala Lumpur. Te recibe con su portal rojo intenso y su techo de tejas verdosas ligeramente curvadas. Dentro, grandes lámparas cuelgan del techo e iluminan un espacio impregnado de humo de incienso. Pequeños altares y rincones invitan a la pausa.

Encendí un incienso y lo dejé en uno de los grandes turíbulos. No pedí nada en particular. Solo agradecí, simplemente, la oportunidad de estar ahí.

Para cerrar la tarde y buscar algo de comer, caminé hacia el Central Market, a poca distancia de Petaling Street. Es un gran bazar con más de 300 tiendas donde conviven artesanías, objetos de arte, comida y esos recuerdos que inevitablemente terminas llevando contigo. Compré un pequeño colgante de camellos dorados que colgaban de una sombrilla de tela azul y morada y lo guardé en mi mochila.

Antes de salir, me dirigí al baño. Me habían dicho que ahí siempre están limpios. Y sí lo estaban. Pero me encontré con esos inodoros en cuclillas, al ras del suelo. Aunque sé que puede ser más sano hacer tus asuntos así, decidí esperar hasta regresar al hotel, donde había de las tazas a las que de este lado del mundo estamos acostumbrados.

Hay límites culturales que uno cruza y otros que posterga.

6. Barrio chino: gratitud y límites culturales

Luego me fui a comer a un local afuera del bazar, ocupando toda una esquina, con los platillos exhibidos detrás de un cristal ligeramente empañado por el vapor. Era de esos lugares donde no eliges de un menú, sino señalando con el dedo lo que te seduce.

Nuevamente el idioma no fue un problema. Ahora me sentía más seguro, sobre todo porque ya tenía efectivo. Señalé al hombre que atendía lo que quería probar y, en cuestión de segundos, tenía frente a mí un plato servido con varias cosas a la vez.

Arroz al vapor bañado con pollo en salsa de soya espesa (ayam masak kicap), pollo frito con cúrcuma (ayam goreng kunyit), de guarnición ejotes largos en salsa cremosa de coco (kacang panjang masak lemak) y, para rematar, una rebanada de omelette con cebolla y chile verde llamado telur dadar.

El problema vino después.

Miré a mi alrededor buscando tenedores. No había. Después de algunas señas torpes y risas cómplices entendí que todo se comía con la mano. Lo intenté, con la ligera culpa infantil de pensar que mi mamá podría enterarse. Finalmente, alguno se conmovió y me consiguió una cuchara.

Con ella engullí todo, sentado en una mesa azul de plástico, bajo un aire acondicionado que nunca enfría del todo, mientras afuera la ciudad seguía su ritmo. Y salí pensando algo muy simple: Malasia sabe a especias que no sabía que necesitaba.

Antes de regresar al hotel, levanté la vista y las vi a lo lejos: las Torres Petronas, iluminadas, firmes, afinadas contra el cielo oscuro. Dos líneas de luz que parecían marcar el horizonte. Como si la ciudad, después de haberme dado de comer, me estuviera mostrando lo que aún guardaba para el día siguiente.

7. Comer con la mano

Al día siguiente me dirigí a la Plaza Merdeka, o Plaza de la Independencia, un amplio espacio abierto donde el césped parece recién peinado bajo el sol tropical. Frente a él se alza el edificio del Sultán Abdul Samad, con sus cúpulas cobrizas y su reloj solemne marcando el paso del tiempo con una dignidad casi ceremonial.

Aquí, el 31 de agosto de 1957, se arrió la bandera británica y se izó por primera vez la bandera malaya. “Merdeka” significa independencia. No es un nombre simbólico: es una declaración. El asta bandera que domina la plaza es una de las más altas del mundo, y cuando la bandera ondea sobre ese verde impecable, se entiende por qué eligieron este lugar como escenario de un momento fundacional.

Al ser un espacio completamente abierto, conviene visitarlo temprano por la mañana o al atardecer, cuando el sol es más amable y la luz tiñe de dorado las fachadas, haciendo que la historia parezca todavía más cercana.

8. Dataran Merdeka: donde un país dijo su nombre

De ahí caminé hacia la estación más cercana del metro y me dirigí al distrito de Bukit Bintang, el principal punto turístico y comercial de la ciudad, lleno de centros comerciales, hoteles y vida nocturna.

Llegué al Kuala Lumpur Pavilion, no necesariamente con intención de comprar, sino porque en su interior hay un pasaje elevado que conecta directamente con las Torres Petronas. Aun así, el Pavilion podría ser el sueño de cualquier comprador compulsivo. Conté aproximadamente seis pisos repletos de tiendas. Confieso que terminé comprando un par de cosas; los precios son buenos y, según había leído, incluso mejores que en Tailandia.

Si eres amante de las compras, podrías dedicarle un día entero. Si no, como es mi caso, babosear un rato es suficiente antes de dirigirte al mirador de las torres.

Las Torres Petronas fueron en su momento los edificios más altos del mundo y aún conservan el récord de ser las torres gemelas más altas del planeta. Desde lejos se ven como dos agujas de acero y vidrio dibujadas con compás islámico sobre el cielo húmedo de Kuala Lumpur.

Su diseño está inspirado en una estrella geométrica de ocho puntas, un motivo frecuente en el arte islámico. Por eso no se sienten caprichosas ni futuristas sin raíz. Son modernas, sí, pero con ADN cultural. Miden 452 metros y cuentan con 88 pisos.

El recorrido comienza en el Skybridge, ubicado en los pisos 41 y 42, el puente que las conecta. A veces se percibe un ligero movimiento, casi imperceptible, al compás del viento, ya que no está fijado de manera rígida.

Después subí al piso 86, donde se encuentra el mirador principal. Desde ahí no solo observas Kuala Lumpur: la ciudad se vuelve maqueta. Se distingue la alfombra verde del KLCC Park, el contraste entre mezquitas, centros comerciales y rascacielos, y, si el día está despejado, una urbe que parece expandirse más allá del horizonte.

Bajé con el alivio de volver a tocar piso firme —siempre me pasa cuando visito torres demasiado altas— y caminé frente a ellas sin dejar de mirarlas. Desde abajo, esas dos columnas de acero parecen sostener el cielo.

9. Las Torres Petronas: Dos agujas en el cielo

Caminé por el KLCC Park comiendo un helado y me senté en una banca a observar. Ejecutivos aflojando la corbata, parejas tomándose fotos, niños corriendo alrededor del lago. La ciudad parecía respirar al pie de las torres, como si después de tanto acero necesitara también pasto y sombra.

Al atardecer me dirigí a Jalan Alor, su famosa calle de comida callejera, viva casi a cualquier hora. Me recordó inevitablemente a los corredores peatonales de México: humo que sube de las parrillas, mesas de plástico, voces que se superponen. Sentado en una mesa roja, pedí un nasi goreng con huevo frito y una orden de satays, pequeñas brochetas de cerdo y pollo que llegaban brillantes y ligeramente caramelizadas.

Después caminé hacia la zona de bares, atravesando la cara más moderna de la ciudad: luces, pantallas, música escapándose a la calle. En un bar abierto me senté a tomar una cerveza. Miraba a la gente pasar y pensaba que al día siguiente partiría.

Pero también entendí algo con claridad: Kuala Lumpur no había sido solo una parada antes de otro destino. Había sido una puerta.

Fue mi primer encuentro con Asia, con otras formas de rezar, de comer, de habitar el espacio. Y quizá por eso la amé. Porque me recordó que el mundo es más amplio de lo que creemos… y que siempre hay algo nuevo que aprender si uno se atreve a mirar.

Por eso quiero regresar.

10. Jalan Alor y la despedida

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