Las maravillas fuera del ranking
Un recorrido personal por maravillas del mundo que no aparecen en rankings, pero que se quedan contigo por lo que hacen sentir.
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Sí, todos hemos escuchado hablar de las 7 Maravillas del Mundo Moderno: Chichén Itzá en Yucatán, México; el Coliseo de Roma en Italia; la estatua del Cristo Redentor en Río de Janeiro, Brasil; la Gran Muralla China; Machu Picchu en Perú; Petra en Jordania; y el Taj Mahal en Agra, India.
Y sí, tal vez te hable de ellas en algún momento. No desmerecen en absoluto.
Pero hoy quiero contarte de otras maravillas que he encontrado en mis viajes. Lugares que no suelen aparecer en rankings ni listas oficiales, pero que me impresionaron por su belleza, por su historia, por ser auténticas proezas de ingeniería o, simplemente, porque estar parado frente a ellas te hace sentir pequeño… pero también parte de un todo. Y eso, para mí, es una de las mejores razones para seguir viajando.
Algunas de estas visitas las hice solo, otras en pareja y otras en familia. Y todos estos lugares funcionan igual de bien si viajas acompañado o por tu cuenta.
Estas son algunas de esas maravillas que no compiten entre sí, pero que se quedan contigo:
Ubicado en Siem Reap, Camboya, un lugar donde he encontrado a algunas de las personas más amables del mundo y que, además, resulta bastante asequible para viajar. Angkor Wat se levanta orgulloso a pocos minutos del centro de la ciudad y es fácilmente accesible en mototaxi, conocidos como tuk-tuks, o mediante algún tour organizado. Eso ya depende de tu espíritu aventurero.
Lo que sí creo firmemente es que merece dedicarle al menos dos días, para recorrerlo con calma y dejar que el lugar se revele poco a poco.
Está considerado como la mayor estructura religiosa jamás construida y uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo. Caminar entre sus templos interconectados es caminar por la historia y por la espiritualidad hindú. Ver cómo los árboles han invadido algunas estructuras y encontrarte de pronto con algún monje budista deambulando en silencio, como si siempre hubiera estado ahí, es parte natural de la experiencia.
Hay dos momentos clave para visitarlo: el amanecer o el atardecer. Ambos son imperdibles. Sentarte sobre una de sus estructuras mientras el sol aparece o se despide es un recuerdo que se queda contigo para siempre. Si me preguntas y tienes que elegir solo uno, quédate con el amanecer.
Lleva agua, un sombrero y ropa ligera. El calor puede ser intenso, y el recorrido largo, pero cada paso lo vale.
1. Angkor Wat
Xi’an es una ciudad histórica del noreste de China, antigua capital imperial y punto de partida de la Ruta de la Seda. Su mayor atractivo, sin duda, es este impresionante ejército de estatuas de terracota que se encuentra bajo un enorme complejo a pocos minutos del centro.
Puedes llegar en tour o por tu cuenta. En mi caso, tomé un camión desde la central de autobuses que te deja muy cerca del sitio. Solo hay que poner atención a tomar el correcto, aunque siempre algún letrero termina por orientarte.
Recuerdo haber desayunado antes en un puesto callejero algo muy parecido a una gordita de chicharrón mexicana. La masa era de arroz, pero el sabor y una salsa de chile seco me transportaron de inmediato a un puesto afuera del metro en la Ciudad de México.
Dentro del complejo, desde una pasarela elevada, se observan más de 7,000 guerreros de arcilla, cada uno con rasgos distintos. Fueron descubiertos por campesinos que jamás imaginaron que estaban frente a uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX.
Xi’an tiene estaciones muy marcadas: cuando hace frío, hace frío de verdad, y el calor puede ser extremo. Planea tu visita y tu vestimenta con eso en mente.
2.Los Guerreros de Terracota
La visité durante un viaje de trabajo a Dubái y, aprovechando el fin de semana, me sumé a un tour hacia Abu Dhabi. El recorrido incluía varios puntos interesantes, pero en realidad era esta mezquita lo que más quería conocer.
Es una de las mezquitas más grandes del mundo y, aunque fue inaugurada hace apenas un par de décadas, se ha ganado la admiración de visitantes de todo el planeta. Blanca, monumental, casi irreal, se levanta en medio del desierto como una visión.
Tras pasar el control de seguridad, donde verifican que la vestimenta sea la adecuada —hombros cubiertos, piernas cubiertas, mujeres con velo y tatuajes ocultos— dejas los zapatos y entras a un amplio patio interior. Todo es mármol blanco traído de Italia y Macedonia. En los salones cuelgan enormes candelabros de cristal Swarovski y oro de 24 quilates.
En la sala principal de oración, diseñada para recibir hasta 7,000 personas, se encuentra la alfombra tejida a mano más grande del mundo. Cada pilar, cada rincón, está lleno de detalles islámicos que te obligan a mirar despacio.
Una experiencia que te enfrenta a otros rituales y maneras de vivir la fe, y te hace entender cómo esta se transforma según la cultura, sin dejar de ser profundamente humana.
3. La Mezquita de Sheikh Zayed
Durante un viaje a Atenas con mi hermana, Meteora era uno de esos lugares que no quería dejar pasar. Está ubicado a unos 350 kilómetros de la capital y el trayecto vale totalmente la pena.
El paisaje es único: enormes formaciones de piedra arenisca que se formaron bajo el mar hace más de 30 millones de años. Sobre algunos de estos peñascos se construyeron 24 monasterios, desafiando toda lógica y gravedad.
Si solo cuentas con un día, como fue mi caso, estos son los imprescindibles:
Santa Bárbara, uno de los más antiguos, con importantes obras bizantinas.
Santísima Trinidad, espectacular por su acceso y ubicación.
Varlaam, con algunos de los mejores frescos de la región.
Mégalo Méteoro, el más grande e importante de todos.
Siéntate sobre alguna roca al atardecer. El silencio, la luz y el paisaje se combinan de una forma difícil de explicar. Tal vez incluso veas a alguna pareja tomándose fotos de boda, como si el lugar también celebrara los comienzos.
Después, una comida en Kalambaka: salchichas caseras, queso, yogurt, carne, pay… y, por supuesto, tiropitas y spanakopitas. Subir y bajar escaleras abre el apetito.
4. Los Monasterios de Meteora
En Jaipur, frente a una calle bulliciosa y caótica, llena de motos, autos, comercios misceláneos y alguna que otra vaca errante, se alza el famoso Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos. Lo curioso es que la vista más impresionante de la edificación se obtiene justamente desde esa misma calle, en medio del desorden cotidiano.
Su fachada de arenisca rosa está compuesta por más de 900 pequeñas ventanas cubiertas con delicadas celosías. Estas no solo permitían la entrada del aire, indispensable para mitigar el calor —casi permanente en la región—, sino que también dotan al edificio de esa apariencia etérea y majestuosa que lo hace inconfundible.
Son precisamente esas celosías las que permitían a las mujeres de la corte observar la vida exterior sin ser vistas. El palacio fue concebido como una extensión del Palacio Principal, destinado a albergar a las mujeres del harén real, a quienes no se les permitía exhibirse en público. Desde ahí podían mirar procesiones, mercados y celebraciones, participando del mundo sin romper las estrictas normas sociales de su tiempo. Un recurso arquitectónico que, curiosamente, tendría ecos siglos después en otros lugares del mundo, como en Lima, Perú, donde balcones de celosía cumplían una función similar.
En el interior, el palacio se organiza en patios y largos pasillos, acompañados de arcos tradicionales que te sumergen de inmediato en la estética india. En uno de estos pasillos se instala un pequeño bazar con artesanos que venden dibujos hechos al momento, chalinas, saris, elefantes de madera y metal, y muchas otras piezas que ponen a prueba tu capacidad de resistirte a comprar algo.
La visita suele continuar, inevitablemente, alrededor de una mesa. Jaipur está llena de opciones, aunque conviene elegir restaurantes bien establecidos y con buenas reseñas. Aprovecha también para visitar el Jal Mahal y el Fuerte Amber: ambos completan de forma magnífica la experiencia en la ciudad.
5. El Palacio de los Vientos
Hay lugares que se quedan grabados en la memoria. La Alhambra es uno de ellos. La visité durante un viaje familiar en el que recorrimos España y Portugal en auto.
Ese día llegamos muy temprano, sabiendo que el día sería largo.
Nota importante: compra tus entradas con anticipación y en línea. Son con fecha y horario definidos y rara vez hay disponibilidad en taquilla. No falta ver visitantes decepcionados por haber dado su vuelta en balde.
El complejo es enorme. El recorrido comienza por los Palacios Nazaríes, donde la arquitectura islámica se expresa en patios, fuentes, arcos, inscripciones y una geometría que parece pensada para detener el tiempo. El agua, siempre presente, no es solo decorativa: es símbolo de vida, poder y contemplación.
Después se visita la Alcazaba, la parte más militar, desde donde se obtienen vistas privilegiadas de Granada, y se entiende el carácter defensivo del conjunto. Todo el lugar cuenta la historia de una fortaleza concebida para alojar al emir y su corte, y más tarde adaptada como residencia de los reyes de Castilla.
Para mí, los imperdibles son el Patio de los Leones, con su fuente central sostenida por leones de inspiración romana, y el Generalife, antigua residencia de descanso de los reyes musulmanes. Sus jardines, llenos de flores, agua y sombra, invitan a caminar sin prisa.
Al salir, justo después de las taquillas, se encuentra la parada del tren turístico de Granada, ideal para recorrer la ciudad. Para cerrar el día, una tortilla del Sacromonte o unas habas con jamón hacen el final perfecto.
6. La Alhambra
Antes de llegar a Hiroshima desde Osaka, mi hermana, mi sobrina y yo, hicimos una parada en Himeji. El castillo, conocido como el Castillo de la Garza Blanca, se eleva rodeado por un amplio foso de agua y es visible desde distintos puntos de la ciudad.
Su fachada blanca impresiona tanto por su tamaño como por su estado de conservación. Sobrevive desde el Japón medieval y ha resistido guerras, terremotos y el paso del tiempo.
Al entrar, recorres pasillos, puertas, muros y pasadizos pensados para la defensa. Las escaleras de madera se vuelven cada vez más empinadas conforme asciendes por sus seis niveles, obligándote a avanzar con calma y atención. En lo más alto, un pequeño santuario y ventanales que funcionan como mirador ofrecen vistas de la ciudad.
Al bajar, camina por los parques que lo rodean. Y si tienes suerte y viajas en primavera, los cerezos en flor convierten el lugar en algo todavía más especial.
7. El Castillo de Himeji
Y ahora dime tú…
¿Qué otro lugar crees que es una maravilla que no aparece en los rankings?
Viajar también es una forma de volver
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